¡Hijos del mundo!
A esas flores humildes de color pastel y saludo mustio.
A esas miradas dolientes rogando un mendrugo.
A esos niños del hambre y del descuido.
A mis niños amados, ruego refugio.
A esos corazones solitarios,
impregnados de olor a agrio.
Cenicienta su faz,
achicados sus ojos cansados.
Peregrinos de hospital,
olvidados en esta pandemia cruel,
silenciados.
A ese, mi grupo,
les animo a forjar una cadena
de arrope y cariño,
palabras amables que enciendan
la terapia de la alegría
y el optimismo.
A nuestras canas veteranas.
Padres y abuelos resilientes,
sabiduría y mimo,
mártires de un destino
que llena de espinas
la rosa roja de nuestro instinto,
les tiendo mi mano
forjada con todo el amor
aprendido.
Les ofrezco mi escucha,
pan divino que alimente
la soledad del miedo y el olvido.
Maldito virus,
mil veces maldecido
y escupido.
Llegaste ronco y escondido
para vapulear nuestros sueños
y reducirlos.
Risa de hiena, fuego encendido,
depredador y carnicero,
del demonio consentido.
Llegará el día del dichoso
exorcismo.
Crujirá tu vientre el veneno
esparcido.
Cantará la alabanza
un día bendito,
amaneciendo la dicha,
cabalgando el rayo
de la esperanza,
riendo el triunfo,
trabajado, esculpido,
ansiado y por fin parido.
Claudia Ballester Grifo
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