Déjame que te dibuje con mis pensamientos,
avanzando hacia mí con el donaire y el encanto de una melodía tierna que se asienta en mi regazo.
Negro el cabello, chorro de noche
que azuza el misterio de esos ojos de fuego.
¡Ay, tú sonrisa!
Nenúfar que se abre inmaculado y jugoso.
Agua de mis días, sed de mis adentros.
Sol que ilumina cada paso reflejado en tu rostro.
El susurro de tus intenciones me conquistan el entusiasmo.
Magnético me seduces y rendida alargo mi mano.
Se besa la piel sabiendo a arándanos,
tiznando de rojo la tersura de los labios,
amando la miel que destila el goce ansiado y esperado.
Riendo tu risa, amado,
cuando cabalgamos las estrellas y despertamos del cosmos agujeros llorando aros helados.
Se deshace el sentido ebrio y sofocado,
desmayando el cielo tocado con las manos.
Déjame que te piense con el halo de las estrellas intuyendo tu camino.
Huellas livianas que se alejan de mi dicha,
despertando un amanecer nostálgico,
cincelado el sudor de tu dibujo.
Sabe mi boca a brisa y delirio.
Me arde el corazón de lleno y abastecido.
Rebosan mis arcas,
pesado mi barco,
el alma de ancla.
Déjame que te sueñe y vuelve,
amado,
antes que bostece el día,
rinde la noche.
La luna testigo
cierra los ojos.
Amáme hasta el alba,
le regalaremos el sol
para que bese el azul
de su aura.
Amado mio,
deja que te invente.
Claudia Ballester Grifo.
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