VAGABUNDO.
Los latidos de mi corazón
se acompasan al movimiento
de las hojas.
Cimbrean las ramas al ritmo
de una brisa que apenas
se sospecha.
Se viste el cielo de un morado
de Cuaresma, surcando su lienzo
alas de trino que eleva un rezo.
Mi vista alcanza al vagabundo
sentado en su banco,
domicilio de sus días.
Vestido de buen tiempo
con el pelo corto,
rasurado, destapando
una juventud cubierta
por la dejadez del invierno.
Se echa la falta de su compañero
por muchos años.
Su fiel can con el que compartía
comida y abrazos.
Con él plasma una cordura
que deliraba con el ser
humano.
Tiempo de resguardo, casa segura
para huir del contagio.
Sigue habiendo gente sola
lidiando al peligro,
bendecida por el sol
y la calle, manteniendo la
idiosincrasia y la libertad
de su mente.
¿Qué será de su soledad?
¿Qué alargó su mano a pedir
a la gente?
¿Dónde se rompió su esquema?
Mirada introspectiva,
desnudo de dinero,
escaparate donde nadie
mira y la indiferencia precede.
Mendigo de los caminos.
Silencio del que observa
y asiente.
No conozco tus ojos,
la verdad de tu mirada
se ensombrece.
Claudia Ballester Grifo

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