JAQUECA.
Pesado está el muro de este azul compacto,
franela de ladrillo que presiona el algodón,
dibujando un cielo plomizo y lejano.
Se acercan los ojos, perdiendo su marco.
Estrangulan el tercer ojo de brujas y magos.
Se pierden tornillos sin encontrar tuerca
que ajuste el asiento del juicio deseado,
lloviendo acero, agujas de mil llantos.
El individuo viste de historias, alegrías y penas
que bordan su vida y confeccionan el manto
de sus victorias.
Si el tiempo corre y no se atiende el devenir
de sus penas, se hincan las rodillas en asfalto
de hortigas, en espino de miseria.
Llenan las plañideras oscuras estancías
de regalo a la tristeza.
Se arrima el desconcierto,
bullen los vapores de la perplejidad y el estupor,
se regalan palabras de arlequín,
mascarada huyendo del miedo.
Plomizo el techo del mundo,
cabezas inclinadas al peso.
Miradas rendidas a migajas,
gotitas de agua trasladadas por el viento.
¡¡¡Ayyyy, tierra querida!!!
Amor de mis amores.
Gente de mis pueblos, mi querida gente.
¡¡¡Ayyyy, arena de mis vientos!!!
Polvo al polvo, sangre abrazando
el campo de su muerte.
Claudia Ballester Grifo.

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