sábado, 16 de mayo de 2020


              ELENA.

Elena se estiró en la cama. No había puesto alarma en el despertador y dejó que el sol acaricira su cara. Bostezó mirando a la ventana para descubrir el vuelo de las aves,surcando el lienzo azul que le regalaba.
El reflejo de su imagen,al inconcorporarse, la dejó petrificada. El espejo que la miraba le devolvía una imagen hacía mucho olvidada.
Se levantó con las prisas de un salto más se quedó con un ¡Ayyyy! de espanto. Un crujido maceró su fémur para caer en el colchón blando.
Parada, sin mover ni una pestaña, intentando recabar datos. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era esa imagen dueña de sus ojos y de su boca?
Hilos de plata envolviendo su cara, lazo nacarado en la leche de su piel rugosa.
Párpados golpeados por los años que no vio venir de lejos ni de cerca. Lagos de añil intenso, sostén de sus órbitas abiertas.

Elena, piensa. ¿Qué pasó en su sueño si se acostó bella y fresca?
Alzó su sábana la juventud y amanece el día una vieja.
Alza su mano para acariciar el rostro que conoce, pero no acepta. Labios cuarteados por el peso de la piel que adelgaza sus defensas.
¿Dónde quemó su tiempo? No debió dormir esa Luna roja.
Se escapó la vida, una lágrima busca guarida entre el pelo de la alfombra.

Se acerca un alma cautelosa. Una imagen gemela, afable y cariñosa. Se intensifica la luz cálida y caprichosa, jugando en un ir y venir de mariposas y rosas.
Elena la reconoce y esbozando una sonrisa le alarga su mano y a ella se cobija.
Se alejan dos figuras blancas, son luz y armonía. Se queda el vacío de un halo cerrando un espacio entre abuela y nieta querida.

Claudia Ballester Grifo

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