SUEÑO.
Se vencía el rumor de una cascada amiga. Batía su nata de melena blanca, espuma de clara cruda.
Salpicaba el agua una armonía de arpa sibilina, cruzando el arcoiris el fogonazo de una mirada perdida.
Se desbordaba el agua en un remanso de cristal y vida. Fuente de peces, yacimiento de nenúfar y orquídea. Se desleía lo diáfano al trasluz del bosque que amurallaba la intimidad de la joven dormida.
Trino de aves del paraíso, lidiando en sus agudos, con el grave repicar de tambor sobre los guijarros que aclaraban el fondo y devolvían una imagen de espejo a la hermosa figura.
Calma en el recinto, sagrado mural de fantasía.
Pintura dibujada, centro de unos ojos que bostezan a la vida. Derramado su cabello azabache rivalizando con el oscuro de la espesura.
Despierta su sueño el beso del agua que acerca su picardía. El instinto sobrevuela y se abren las alas en su espalda escondidas.
Lienzo blanco de largo hasta las rodillas. Son sus labios fresones que dibujan rojo en las pecas de su orilla.
Se desprende del suelo la esbelta figura. Descalza en el verde, cosquillas de su dulzura. Arde su pulso desprendiendo fragancia de fruta del bosque, cereza alba en el manglar de la poesia.
La llaman amor y acude presta a la cita. Guiña su verde esmeralda en la profundidad de sus largas pestañas, azuzando una brisa que desciende en un beso.
Llena el momento de magnetismo y cobran sentido todos los sueños. Dueña de la situación y la oportunidad, te da la mano y tú sigues el cuento.
Claudia Ballester Grifo

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