martes, 3 de marzo de 2020

SIN VENDA.
Se abre la amapola a un nuevo día.
Se hidratan sus pétalos con el rocío de la noche, que empapa el rojo de su tela dándole un rubor más intenso.

Se despereza del letargo nocturno.  Desnuda sus sueños y viste su aurora con ímpetu nuevo. Mueve sus encantos, las hojas viran siguiendo el día de los rayos, el tallo se estira abriéndose un hueco en el espacio.

Bosteza la dulzura, espabila la sensibilidad y la sutileza de la belleza en el campo. Se oye la letanía de hermanas de corro y patios. Se inmortaliza el cuadro del pintor que estrella en cada pincelada armonía y verdad, desborda talento a su paso.

Se oye el fluir del arroyo por su transcurso manso. Refresca en la distancia el agua en el seno de su cauce, cristalino y calmo. Fondo de piedras que limpia el espejo de sucio fango.

Se ríe la suerte de tan bucólico espacio. Las ninfas danzan en el claro. Expuestas al día y a los rayos. A la luz amarilla que les da calor y acaricia la piel desnuda de su encanto.
Suena la música de clarín y flauta, mientras unos acordes de guitarra rasgan el aire de notas clásicas. Se viste el entorno de gasas helénicas, tules y telas de transparencias manifiestas.

La amapola sonríe, encendido su color de fiesta. Bailan las flores al ritmo de la melodia y bordan las ganas al compás que pulsa vivir bajo el azul inmenso. Tener por casa el mundo y no tropezar con paredes ni muros que resten libertad y nos impidan ver tesoros esperando ser recogidos.
Claudia Ballester Grifo

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