domingo, 8 de marzo de 2020

LA ARAÑA.
Me sumergí en un agujero que me recordaba al nido de una araña.
Me metí en un orificio de tierra suelta sabiendo que el miedo era el peor enemigo en mi batalla.
Me hice pequeña para viajar a través de un trampa. Reconvertí mi esencia para luchar con la ansiedad que aceleraba mi respiración y la piel bañaba.

El laberinto era profundo, oscuro y seco. Llegué a un recoveco que se ensanchaba. Acomodé la vista y mil huevos jugosos y frescos aparecieron en una nidada.
A mi espalda notaba la tierra deshacerse impulsada por los pasos lánguidos de la madre alertada.
Me tiré al nido. Me sepulté entre mis hermanos de campaña, se puso la madre a cuidar su nidada.

Pasó el tiempo, dormí siestas y madrugadas, desperté con las cosquillas de mis hermanas nacidas a pulso de llamada. Me mimeticé con ellas, saludé a la madre peluda y emocionada, colé en la chiquilleria y salí  al nuevo día de mi alborada.

Ya no tengo miedo a las arañas. Es más creo que estos ojos compuestos los debo a una herencia cuidada.
Me siento más completa y en casa ya no hay insecticida para arañas. Son sus telas armamento de militares y de ejército en emboscada.
Es su tela salvación de miembros amputados y sangre en escapada. Es un tejido avanzado a la historia y resistente al tiempo y al agua.

Los hilos vuelan por vientos mecidos y brisas en danza. Se precipitan las arañas metiéndose por cualquier altura, por cualquier resquicio que la vista vea o no alcanza.
Se abre paso la vida,aunque los miedos cierren caminos y la ignorancia nos tape la cara.
Claudia Ballester Grifo

No hay comentarios:

Publicar un comentario