viernes, 27 de marzo de 2020

OXÍGENO.
Toca el despertador. Son las 8 de la mañana. La noche ha sido convulsa. Las pesadillas me han hecho sudar las sábanas.
Mi marido prepara el desayuno mientras oigo las noticias que alertan nuestra calma.
Me lavo la cara y bajando las escaleras  me aseguro de que las niñas también están en marcha.

Antonio me mira con cara descompuesta. Observo el noticiario y el sobresalto inquieta. Veo ambulancias y policia que atiende a gente que se encuentra indispuesta. Tirada  en la calle, convulsionando con ojos aterrados, viendo la muerte de cerca.

Se mueven las mascarillas de oxígeno y suenan las sirenas. Los sanitarios y gendarmes llevan escafandra completa.
Nos hemos quedado sin oxígeno en la calle. No abran ventanas, no salgan de casa. El aire respirable se reduce a nuestras cuatro paredes. Burbuja de vida, la alerta es extrema, nos quedamos en casa.

No se conocen las causas, aunque se valoran varias posibilidades. Los científicos trabajan para revertir este colapso.
Bajan las niñas, nos reunimos en la mesa. Desayunamos en el silencio que requiere el asimilar las circunstancias. No hay histerismos, los nervios no nublan la necesidad de templanza. En casa estamos seguros y la comunicación no falla. Necesitamos las mentes despiertas y la voluntad solidaria  de ayudar en lo que se pueda.
Nadie nos obliga ni nos amenaza. Estar en casa es la única alternativa que nos salva.
Claudia Ballester Grifo

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