jueves, 28 de marzo de 2019
Niño.
Y, dónde está el niño que llevamos siempre dentro. Mi cuerpo está hecho un cuadro. Luego de 25 meses de antibióticos os podeís imaginar pero mi mente fluye. Y digo fluye porque otra cosa no puede. Me explico. Mi imaginación vuela y me llena de entusiasmo. Me encuentro con fuerzas para escuchar al transparente, para atender al que me necesite, para ofrecer mi hombro al que se quiera apoyar. Necesito arreglarme y pintarme los labios bien rojos para disimular la vida que se me va, por mí y por los demás , para que no perciban mi vulnerabilidad, porque sigo pensando que de lo vulnerable se alimenta la fortaleza. Quiero querer y que me quieran. Tener la casa organizada porque es mi refugio, mi calma y solo así me siento cómoda. Decir lo que pienso no es crucial prefiero que la gente extraiga sus conclusiones de lo que digo o comparto. La verdad no existe y la reafirmación carece de sentido. Siento felicidad al ver la cara iluminada del otro como respuesta a una actitud mía. Me siento fuerte, con ganas de correr aunque mi cuerpo no lo puede hacer. Mi mente sí vuela. La mente es maravillosa. El día que me falle espero quedarme en la más maravillosa de las ignorancias. Bucear en el olvido de la gente noble y desinteresada.
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