jueves, 28 de marzo de 2019

Agua en el desierto.

Nos movemos en un mundo de tragedia,de agobio, de estrés.  No vivimos a gusto con el sistema pero faltan iniciativas y alicientes.
Yo tengo dos hijas estudiosas y responsables, 16 y 11 años.  Muy trabajadoras e invierten muchas horas en el estudio pero las dos han tenido infancia, tardes de parque y vida en familia.  Lo he conseguido con organización y muchas ganas.  He intentado sacar lo positivo en todo momento y aprovechar cada circunstancia para crear una ilusión y un sueño.  Siempre he ido jugando con ellas al colegio. Todos los viajes porque nunca se han quedado al comedor.  Hemos inventado guiones de pokemons y recreaciones de mascotas. Jugando al veo veo o contando adivinanzas. Con esto quiero decir que aunque hay muchas carencias también hay muchas posibilidades.  Si sabemos sacar partido al entorno encontramos herramientas maravillosas que hacen crecer a nuestros hijos sanos y fuertes. Voluntades trabajadas con el esfuerzo pero también con la ilusión de disfrutar de lo que hacen mientras recorren el camino de la vida.  Trabajan por un futuro pero también se elaboran un presente. Mis hijas, sobresalientes las dos son felices y yo espero no llorar el día que entren en la universidad.  No quiero arrepentirme de nada, jamás las privaría de su niñez ni a ellas ni a mí.
Con esto quiero aportar un poco de agua en el desierto. Una brisa que oxigene pulmones heridos.  Un poco de luz entre tanta tiniebla triste y desconcertante.  Sólo soy una madre.
   Extraigo este comentario a la carta que hace una madre de una niña de 17 años en el País. No esperemos que se solucionen las cosas para que nuestros hijos sean felices. Es una prioridad de los padres y lo tenemos que llevar a buen puerto ya.  Podemos acomodarnos a las circunstancias y lamentarnos después de lo mal que funciona todo o tomar las riendas de nuestras vidas y aprovechar lo que tenemos.  Yo soy de las segundas.

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