En el hechizo de Afrodita,
mar en sus ojos de olas que te hipnotizan,
remanso de sales marinas que abren las puertas de un fascinante mundo que te domina.
Las hebras de su larga melena cosquilleando tus sonrojos,
imán que actua sofocando una melodía que susurra muy hondo.
Ella sonríe ese eclipsar de la luna rondando un abrazo de ensueño,
ella y solo ella comprende tus antojos.
Afrodita surge de tus mejores sueños.
Nace de la necesidad de un amor intenso.
Diosa de las artes eróticas, sensualidad que acerca a tu boca.
Degustas su aroma fresco, conoces la manzana dulce que emana su cuerpo cuando la miras.
No haces nada, no puedes,
inmoviliza cada gesto, sin iniciativa,
sujeto a la inercia de la corriente que te anima.
Ella quedó perdida. Probó tu gallardía.
Aspiró la candidez de un alma pura,
besó la necesidad de ternura,
se empapó de un mortal que la revenciaría.
Bajó de su trono para acceder a una vida más mundana,
más cercana a la tuya.
Salió de su concha dejando las huellas de sus pies descalzos en la arena de tu zozobra.
Ella te dio su nombre,
ese con que la llamas cada día,
acude a tu reclamo con el primer bostezo del sol que te alumbra.
Te ofrece el sabor de su eternidad,
mientras tú la mimas,
funde el rumor de su viento con la caricia del aliento al juntar su boca con la tuya.
De la mano, juntos,
creando fantasías, cabalgando en la furia y el brío de una pasión,
un fuego que no os quema
porque el mar en su fragor
lo fagocita.
Claudia Ballester Grifo

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