Con la mirada voy vistiéndote, amado mío.
En mi silencio observo tus rápidos movimientos,
no percibes que te admiro.
Mis ojos acarician tu piel besada por un sol enfebrecido de largos días de jornada y hastío.
Suaves son tus manos, cálidas por un interior de Vulcano que labra un corazón de perpetuo cariño.
Tus músculos dibujados tal como Eros los hubiera tenido,
a pesar de los años imbatibles al infortunio.
Te miro, mi cielo, con tus prisas y
mundanos compromisos,
con esos aires preocupados por mantener la familia en el sudor de tu sacrificio.
Mis pensamientos dibujan un castillo
de torres abiertas, almenas de vientos alisios.
Un lugar donde llevarte conmigo.
Mirada abierta al azul sin perjuicios,
para ti el cielo, mi amor ;
para mi el mar embravecido.
Besando mis olas tus puntos... enardecido,
crece y crece un amor que nació siendo unos niños.
Te visto, mi amor, con tanto cariño
que la pluma vuela al vagar por tus sentidos.
Te vas, mi cielo, te vas,
apenas rozo tu torso querido.
Prométeme una cosa,
sin mirarme, sin saber que las perlas del camino
son mis lágrimas,
prométeme que volverás, amor mío.
Claudia Ballester Grifo

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