Está enfadado, muy enfadado.
Eolos fustiga las ramas tiernas de los que loan al dios de los vientos.
Se abaten los árboles acomodando el chaparrón que los está estrangulando,
agua y aire,
ráfagas de sed achicando unos ojos que ciegan el polvo.
Se levanta la tierra, arrastrada sin concierto.
Los matojos se agazapan temerosos.
Las palmeras bracean, despeinando su melena.
Los cipreses se mantienen orgullosos.
Los pinos gritan su desdén, mueren sus esquejes hermosos,
alguna rama seca se fractura en un lamento quejumbroso.
Me protejo por el aura de la ilusión
adivinando un mañana calmo.
Balanceo mis ramas con la melodía que marca tu mirada.
Inspiras una melodía disfrazada de ensueños,
me abrazo a ti, dios del viento.
En el epicentro de tus ganas,
nado con la fuerza que me lanzas.
Es tu forma de mostrar el contento,
amado por las ninfas que abrigan tu sueño.
Me sonríes con una mirada suavizada en un último hipeo.
Esa intención taciturna que curva las lomas de tu entrecejo,
convierten el enfado en humo y velo.
¡Ay, mi viento!
Baila conmigo, una y otra vez,
dame consuelo.
Claudia Ballester Grifo

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