miércoles, 1 de julio de 2020

EMBARAZO.
En las plumas del cielo jugaban los querubines, pastos de algodón fresco amortiguando caídas y refriegas infantiles.
Pepín tiraba de las trenzas a la linda Martita, defendiéndola su rubio amigo con una patada a la espinilla del malintencionado incauto.
Rodaban las lágrimas por la escocedura, temblando los dientes y mirada taciturna.
Reía la niña la travesura, Mateo era su valiente, sin ninguna duda.

Sonaban los flautines por la vereda tranquila. Se acercaban capas y sainetes de envergadura.
Los querubines movían sus alitas, con la mirada expectante y acompañados de sus liras.
Se anuncia San Pedro portando noticias.

Mis niños queridos, la tierra os necesita.
En una casa rodeada de verde y flores de fantasia una pareja espera a su querida criatura.
Muchos años de amor y felicidad compartida. Muchos intentos de formar una familia.
Visitas médicas, muchas alternativas. Sin aparente causa para no engendrar la vida.

El Padre Santo trae una fotografía. Estos son los padres para un hijo o una hija.
Inmediatamente Pepín, Mateo y Martita dan un paso adelante buscando aventura. Desean esos padres, quieren volar hacia su nueva vida.

San Pedro prepara dos sillas. Juegan a la rueda  entonando una cancioncilla. Corren los tres para sentarse al alto de la melodía. Se queda Mateo mirando la luna.
Vuelta a la rueda, giran que giran los niños sin tocar la única silla. Al tiempo se sentó Martita.
La niña salta de alegría. Se despide de sus amigos y acompañada de una cigüeña, rutilante y emocionada emprende su ida.

Claudia Ballester Grifo

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