jueves, 23 de julio de 2020

CÁNDIDA ALBICANS.

Despierta la mañana con la resaca de la turbia noche.
Se disparan los rayos infiltrando su luz, incidiendo donde más duele.
Aterciopelan los trinos linda alborada, los ojos abiertos al día que abrazan.

Venía rasgando desde dentro, martirio del piramidal y hermanos lumbares.
Golpeando persistente, agudizando el dolor ufano y disperso.
El junco de la columna subyugada al trance. Tira la gravedad con fuerza y talante. Dobla la caña, recela la verticalidad, se tumba el cuerpo.

Dolor sordo en el bajo vientre. Cabalgando el pubis, tocando el cielo de un ombligo que endurece su contorno, palpando estrellas en un mar tenebroso.
Fatiga, pesar, agobio.
Sensación de miccionar a cada momento para regar cuatro alubias y secar el rastrojo.

La levadura silente, adormidera de embrujo, hechicera de oportunidad y sapiencia.
Ungida de blanco, escondida y traicionera.
Se escurre por la puerta, invadiendo hogar y hacienda.
Se asienta en la casa y contamina su respirar y presencia.
Recorre la estancia, cajones y rincones.
Nada se escapa a esta vil compañera.

Cándida es su nombre y tratamiento tiene su estrella.
Un hongo que ríe a ritmo de cante jondo infectando cada órgano al son de castañuelas.

Claudia Ballester Grifo

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