NUESTROS MUERTOS.
De cobalto luce el cielo la mortaja de un entierro.
De índigo viste su manto, huidas las nubes para no llorar el tormento.
No hay agua que riegue el desierto. Secas las flores, hundieron los pétalos, resquebrajados los tallos, de rodillas al suelo.
Flageló la espada el verdugo traicionero.
Silente respiraba el aliento del mundo entero.
Sonreía el transmisor viajero, amparado en lienzo blanco, majadero de matadero.
Sonrisa afable de abrazo y beso.
Rinden las víctimas horror y miedo.
Maldito, maldito... Virus COVID19 del infierno.
Rinde en este día homenaje el pueblo español por entero.
Desde el confinamiento dimos un ejemplo.
Desde el silencio sorbimos lágrimas y ruegos.
Apretamos los puños y compartimos deseos.
Deslizamos cuentas de rosario para hilar plegarias y rezar por los nuestros y los vuestros.
Profundo dolor en una sociedad rota por sus muertos.
Loa de flores, aplausos y recuerdo.
Cicatriz en un corazón de pulso reverdecido.
Crezcan las flores en un nido de palabras doradas de calado y contenido.
Uno para todos y todos para uno.
Un latir, un camino, mismo recorrido.
Se abre el cielo, la luz despierta.
De rojo viste la amapola. Absorbe la pena, restaña valor y entereza.
Tibio oxígeno, cansina huida del pitar de tubos y artilugios.
Se abre el cielo y las familias rinden perlas labradas a sus seres queridos.
Claudia Ballester Grifo

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