CALLA.
Calla el huracán la melodia de la brisa en tu rostro. Rompe los cristales de las lágrimas de tus ojos, ahogando la plegaría que junta tus manos y bautiza el encanto de tu versar en el algodón del cielo hermoso.
Calla la mar rizada el vals cadencioso de las amorosas olas en el besar de la playa su romance ardoroso.
Ruge la marejada un tormento ebrio que silencia las dunas de su fluir hipnótico.
No logra su fuerza eclipsar el remanso de paz que se afianza con la huida de la arena, abrazada fuerte, fuerte, en la seguridad de su playa.
Calla el galope de la avalancha, galopada de melena blanca y fría, colapsando la montaña.
Se repliegan los árboles, la vida corre y escapa, huyendo del zumbido que truena en la ladera y resbala, resbala.
Se hace el silencio y el blanco domina, dibuja y retrata.
Calla el volcán que ahoga con sus humos de chimenea atascada.
Viste con su falda de lava ardiente, aséptica, largo de Prada.
Luce el brillo, el calor asfixia y abrasa.
Burbujea la vida y de sopetón duerme y para.
Terremotos y maremotos de la mano resuelven, estremecidos , labores varias. Callan con su estruendo, parten el alma.
Dividen corazones comprometidos, separan besos de miel y suspiros.
A cuchillo cortan sin evitar sangre ni dolor en su camino.
Callan y Callan... Fuertes y aguerridos. Dioses de la naturaleza, dominantes en su Olimpo.
Arrasan con todo porque pueden y es su cometido. Secretos de la naturaleza que maneja sus hilos.
La Gran Madre no opina por capricho.
Se duerme la noche para parir un nuevo día más vital y hermoso.
En la calma de la mañana nace un rostro limpio.
Tu profunda mirada vuelve a ser el descanso y el alivio.
El brillo de tus ojos, lo merece todo, dulce amor mio.
Claudia Ballester Grifo

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