domingo, 12 de julio de 2020

INFECCIÓN DE ORINA.
Quema, quema por dentro. El infierno fragua su hierro, ameniza su espada, combate de nuevo.
Reseca la bota, vino encerrado en buen cuero. Aromatiza la cárcel, escancia su gusto, volatilizando el oxigeno que desprende su cuerpo.
Huevo, pesadez de la preñada sin feto. Duro, candente y opaco. Nido de águilas que pican su alimento.
Quema el destilar de su agua en parto, soledad del corredor de fondo, sentada en su trono de miedo.

Anida en el santuario un bicho, bueno en otros terrenos.
Se cuela en la noche, de manto negro.
Emigra hacia verdes pastos de fibras lleno.
Díscolo veranea en plano terreno de luz y cuero.
Con nocturnidad y alevosia infecta sin piedad y escarnio.
Bendice el seno que orada y mancilla.
Escherichia Coli es su sello.

Atiende el recorrido de este cuento.
Hablo de un bichito bueno. De ojos azules, bendito como el cielo, amigo de sus amigos...
¡Ay, bacteria de largos bailes!
¡Ay, bacteria de cortos ataques!
Vira su belleza a otros lares. Invade moradas y aniquila solares.
Prende de muerte el broche que vistió vida y disputó alardes.
Llegó la muerte a besar la cerea soledad... De rodillas, esperando el cultivo que identifique la huella de sus azares.

¡Te tengo, maldito! Una vez más logré tus collares.
Mancillé tus límites. Acoté el veneno de tus manglares.
La armadura de mi casa, hizo honor en su muralla. Guarda la fortificación, blandió su entrada. Salvo la viña, el hogar, la vida defendida y amada.
Muera el enemigo, limpia la plaga.
Esperemos que tarde la invasión a buscar su plaza.

Claudia Ballester Grifo.

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