EL DÍA PIENSA.
Amanece en la piel cuando la claridad del día hace cosquillas.
Se despereza el letargo que repone el agujero de mil cansancios.
Se respira la mañana con sus trinos y la brisa enroscada en la maraña de cabello ensortijado.
Vive la luz y aplaude el día, dejando los sueños arrugando la cama vacía.
Ríe el fresco muchas jornadas tórridas,
planchado el cuerpo de fatiga,
resquicio de oasis, palmera de dátiles servida, parada del peregrino perdido en su lamento.
Las historias de la noche acuden y saludan.
Duele la vida de tanto quererla.
Arañando con fuerza las ganas y la entereza.
Luchando con síntomas y panderetas que despiertan al cuerpo con voces siniestras.
El dolor se baña en burbujas de frambuesa. Se disfraza, se confunde y se queda.
Arraiga sus raíces en carne fresca y convive con la miseria del que posee y desea.
Se aprende a vivir, sí.
Se aprende con los medios que se tengan y con la sutileza del que va de puntillas para no alertar a las sombras.
No es pesadumbre, no.
No atrae la negatividad el que vislumbra la luz y ríe con ella. El que entiende como un viaje cada día que despierta.
Ve el sol escondido detrás de la puerta y abraza el rayo desmayado que asoma.
Claudia Ballester Grifo.

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