MARIQUITA.
Cojeando iba la mariquita, linda con sus colores de rojo y negro muy bien vestida.
Movía sus antenitas dibujando sonidos que se aproximaban y huían.
Caminaba un sendero de verde y amarillo, espigando los cereales semillas de gusto suave y bien rico.
Mirada al frente simulando mil ojos de alerta y desafío.
Piando los pájaros, fuente de su mayor peligro.
Silenciosa y por debajo de matorral y de maleza, del campo y a buen abrigo.
Cojeando va la mariquita, resuelta y valiente en busca de su destino.
Sopla la brisa fresca. Llueve el cielo un diluvio. Caen las gotas como piedras, grandes como el lago que atesora su líquido.
Rauda y veloz se atrinchera al pie de un árbol amigo. Escala su corteza, se adhiere al tronco, cosquillea el armazón de sus sentidos.
Sube el insecto, buscando refugio.
Afana el esfuerzo la puesta en marcha del suspiro. Morir ahogado es un martirio que la vida no permite al valiente y decidido.
Renqueando va la mariquita, suda la fatiga, zigzagueando la estela en su camino.
Se alza hasta el cielo, besando el envés del techo que le da cobijo.
Quieta muy quieta, esperando el sol que beba el agua y reconforte el reuma de sus patas, la humedad que cruje su caparazón de mil guerras endurecido.
Caen las gotas. Reverdece el campo, se hidrata la tierra, huele a aliño.
Agudiza sus ojos que borran perfiles y matices, pero en grueso transmiten. Repliega sus antenas y descansa el precioso tiempo que la naturaleza le permite.
Duerme un sueño que se repite. Se visualiza como araña que guarda su agujero y por sorpresa ataca y reduce.
Fuertes patas y pinzas de alucine. Rápida y veloz, de fuerte embestida y poco renuncie.
Un curioso aguilucho la alcanza y la cruje. Se la lleva en el pico, directa a su buche. Desde el cielo cae una pata y navega surfeando las rimas y las rosas.
Se despliega un aroma que despierta a la roja y negra. Cojeando desciende la mariquita resuelta.
Claudia Ballester Grifo

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