DESPEDIDA.
Mirabas como me iba. Me sangraba la espalda a llaga viva.
Apretados los puños, con paso firme, sin girar la mirada.. No podía.
Tus ojos, esos ojos de llama tatuada en mi pupila, me los llevaba conmigo, cosidos en mi alma, tesoro de gran valía.
Mucho habíamos hablado. Largos silencios, sin respuesta a mis preguntas. Deshojando la tierna margarita, estirando sus pétalos, cercenando su belleza por una aventura.
Continuas esperas, regulares ausencias, dañinos olvidos y verdades a medias.
¡Ay, encuentros! Salpicando el júbilo, empalideciendo la luz de las mismas estrellas.
Con tu aliento llenabas de cosquillas mi ensueño.
Con tu gesto alentabas mis desvelos y con un mohín moría por dentro.
El arco eléctrico que se creaba era tan intenso que flotábamos en una fantasía y nos hechizaba el tiempo.
¡Ay, tu temple de fuego! Deshacías tu lava gravando mis letras en un dibujo de poesia.
Susurrabas que no me merecías y yo loca, loca, callada... adiós, vida mía.
Pañuelo al viento, triste singladura.
Paso firme, sin girar la mirada, 30 años después recuerdo llorar sentada al lado de la ventana.
Claudia Ballester Grifo
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