Los siete brazos de Israel proclamaron su furia.
El relámpago atronó las fuerzas impías,
destronando la sal de la lujuria.
Se bañó en sus ojos eternos de vela encendida,
sus labios dibujando delicias que su alma ansía,
rendido su cuerpo, blando de caricias perseguidas.
Ella era su reina, el beso de una llama infinita.
Ella quería su oro, triunfo para su pueblo, reina de Saba.
Él, rey de sus tribus,
Salomón perdido a sus antojos.
Aliada del faraón, enemiga de Israel;
ella, diamantina exaltación del amor de fémina.
¡Poderoso, Dios!
Fuerza de Eva, vanidad de vanidades,
estaba escrito el amor de un hombre a una mujer.
Pasión de vuelo corto,
cortinas desplegadas al íntimo desvelo,
se abrazan los besos,
se degusta la melodía de un aroma de incienso.
Se ruega a los dioses,
se impone el Dios único y cierto,
un Dios que los una,
la reina de Saba enamorada del amor,
a los pies de Yahveh.
El amor, mariposa de colores,
vuelo etéreo de brisa de sueño,
delicada pasión de ambición
desplegada por plata ceñida a un cuerpo.
Intriga de celo,
señora que a los pies de un hombre
rinde su belleza,
entrega su mente y cuerpo.
Plegaria de una impura
abrazando el sol de la verdad absoluta.
Él, Salomón;
ella, su reina.
Claudia Ballester Grifo

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