Eras apenas una bolita de pelo cuando te conocí;
entre cinco hermanos tus ojos me pudieron,
tan chiquitín moviendo tu rabillo como la uña de mi dedo pequeño.
Me quedé arrobada con el mestizaje de tu pelo,
caramelo emborrachado de leche,
cano corto y orejitas de terciopelo;
te quise... ¡Ay cómo te quise!
Y, tú te aprovechabas de ello.
No eras mío, pero como si lo fueras;
Venías de visita ladrando desde la puerta,
te sentabas en la cocina interesado por la cazuela,
la mejor pieza del conejo para mi niño,
¡Qué duda caviera!
Me hablabas con los ojos como si me conocieras
leyendo mi pensamiento
sabiendo que por ti todo lo hiciera.
Corríamos libres,
dejaba que te retorcieras
entre campos abiertos de cielo y tierra.
Cuando te devolvía a casa exhausto y feliz hecho un felpudo te durmieras,
no había perro por una noche entera.
Pasaron muchas lunas,
caídas de hoja y ventoleras,
cambiamos mantas celebrando aniversarios,
de bebé a adolescente,
a viejito mi amigo hasta que murieras.
Claudia Ballester Grifo

No hay comentarios:
Publicar un comentario