Tus ojos, Señor, tus ojos;
clamando su azul al cielo gaviotas apagadas,
nubes tapando su ceño,
engarzadas las rosas, sangrando tus manos blancas.
Tu túnica novia del suelo,
arrastrados los pies descalzos,
causa inocente,
palabras en plata, saco de beso.
Mudo tu silencio,
cargado de tristeza, el pecho henchido de desvelo.
Tú sabías como hombre que eras llave del cielo,
llevabas la carga de inmolar tu cuerpo.
Lamieron las espinas tu frente,
¡Oh, Señor!
El látigo abrió la suavidad de tu piel amada,
en cada respingo de tu pena moría tu Madre Inmaculada.
No vieron falta en ti, pero el miedo mordió como perro rabioso,
te abrazaste a la cruz,
la sombra vistió tu peso.
El ascenso de tu martirio,
azul doliente tu mirada,
mensaje profundo de amor y alabanza;
a los pies del madero quedó lo que más amabas,
tu último suspiro voló,
graznido quebranto de la esperanza.
Claudia Ballester Grifo

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