Así nos amamos tú y yo,
con ese amor que viene del alma,
que compartimos los dos.
La luz se descompone en mil colores jugando con la levedad del misterio.
En la penumbra arrinconada del corazón,
en el rinconcito de mi habitación desordenada
por mis impetuosos impulsos y tu mirada admirada en cada despertar de mi almohada.
Desde ese lugar privilegiado de sol que acaricia la mar en sus horas tempranas,
en el silencio más absoluto me observas dibujando cada retazo que amas.
Es ella, te habla tu voz ahogada por la emoción, resbalando una lágrima.
Es ella, repite, no hay duda; la soñé en mi soledad amarga.
Mis lentos movimientos en la intimidad de mi cama.
El despertar de la aurora que acaricia mi piel y juega con los rizos en mi cara,
resbala la seda del camisón por mi cuerpo con desgana,
sugerente la forma de un pecho que se asoma con gracia.
Tú miras, alargas la mano y no alcanzas.
Tiembla tu pulso, quieres rozar sus alas,
es etérea, pluma dorada.
Suda tu frente gotitas de salvia,
quieres llamarla mas no acceden las letras a pronunciarla.
Ella desnuda su sueño,
resbala su vestido de noche acariciando sus rodillas,
desfalleciendo en el suelo.
Tú le lanzas una rosa que besa sus labios,
la rindes al deseo,
ella te ve,
cruza la puerta del espacio y acude a tu encuentro.
Claudia Ballester Grifo

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