Ella lloraba un matrimonio roto,
una deslealtad, un engaño de tiempo.
Él venía de un fracaso en su océano más profundo,
en el batir de alas transeúntes buscando cálidos nidos.
Ella recibió con sus perlas un mirar hermoso,
botones de ojos, alfiler en un rostro de atractivo arrojo.
Él sintió la feromona de irresistible atracción,
deslizó su sensual relato,
con cristal de vino soltó la fluidez de su estar libidinoso.
Ella se perdió en su abrazo,
huracán de terrible paso,
envuelta en sus mareas,
divertida, abrumada por su perfil encanto.
Se prometieron amor eterno,
aunque separaron por un tiempo sus pasos,
esperando quedó la ilusión,
miles de palomas estrechando sus abrazos.
Él volvía rutilante de promesas, lleno de alegría,
besos corriendo sus caminos;
ella esperando sus rosas,
su tiempo compartido.
Él no llegaba,
no llegaba... No llegaba.
Llamó a la puerta el recuerdo de sus cartas,
su hijo le informó de que murió con su sonrisa puesta
mientras arrolló su esperanza toneladas de tierra suelta.
Claudia Ballester Grifo

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