La noche crujía de frio. Decir que el campo se presentaba boscoso y siniestro era poco.
Las hojas palidecían mirándose arracimadas y la nariz leñosa del tronco olfateaba presagios rancios de miedos escabrosos.
El rojo del cielo se abría como una granada. Resplandecía como una llamarada que la niña seguía de la mano de su madre.
Se había hecho muy tarde. Los lobos aullaban en la lejanía poniendo oídos a la noche.
Las dos siluetas seguían el sendero levantando sus faldas y con paso decidido.
Venían de la masia vecina. Manuela se había puesto de parto y no daba tiempo de avisar al médico.
Iluminada andaba salpicada en sangre, pero con la alegría de haber colaborado en la entrada al mundo de una niña con ojos de cielo.
La pequeña Cinta, se sentía importante.
Ella cortó el cordón entregando la niña a su madre. La pequeña se acercó al pecho y empezó a succionar.
Las dejaron en la tranquilidad de su hogar con un gran fuego encendido.
Entrada ya la tarde, la noche de difuntos les pilló en el camino.
Cinta notaba la mano fría de su madre. En casa les esperaba un buen hogar y un jergón al lado de la lumbre. Estaban muy cansadas. Hacía ya dos años que sobrevivían sin el hombre de sus vidas desde que un rayo se llevó al pobre Antón.
No estaban solas. Un aire frío jugaba con sus melenas perlando la escarcha de sus rizos.
Fueron zarandeadas por unas fuerzas que saltaban a su alrededor.
Figuras esqueléticas vestidas de harapos destrozados por el tiempo y el moho.
Olor a podredumbre y malignidad.
Iluminada abrazó a una aterrorizada Cinta. Ya se veía la casa. Se encontraban a unos pasos. Le susurró al oído que corriera sin mirar atrás.
La niña hizo caso sin preguntas y corrió como alma que lleva el diablo.
Logró entrar en la estancia y se acuclilló en el camastro rezando cogida a un rosario.
Se quedó rendida por el cansancio y al llegar la madrugada despertó con su madre abrazada a su lado.
En el suelo un ramillete de rosas. Las flores que todos los años adornaban y bendecían la losa del cementerio. En su lápida rezaba el nombre de Antón.
Claudia Ballester Grifo

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