Déjame que acaricie tu óvalo precioso de rosa.
Mis dedos pasan por el raso de tu pétalo, blanco al azul de la luna.
Déjame que huela ese aroma dulzón de verano,
cuando los grillos visten de pingüinos y aprietan el nudo de su corbata.
Déjame, sí... Dejame que sueñe con magnolias y mariposas.
Dejando el azul y el rojo de la política con una banda de morado que asfixia.
Dejando manipulaciones y propagandas que crujen diga quien diga.
Dejando aparte tanta mentira partidista, te doy la mano justicia y empatía.
Al sentido común llamo para jugar todos los días en un vergel de flores de distancia y armonía.
Ni 6 ni 8 tiro dado y rebota la partida.
El arrimo es una locura.
Mascarilla, distancia, jabón y menos picardía.
La tentación del paracetamol para evitar la cuarentena es un abanico desplegado sin cordura.
Mira el ojo blanco, pez salido de su hábitat.
Es un resfriado y no digo nada.
Viene el puente y lanzo la caña.
Me voy con antes no sea que mañana me den la callada.
Me siento muy mareada.
Somos las flores las que meceremos la alborada.
Levantémonos las familias.
Pétalos hidratados de savia viva.
Madres salvando a sus hijos.
Padres, abuelos lejos de los asilos.
Cubren las rejas, cárceles de hastío.
Vida a la vida,
flores, un corazón, un camino.
La picaresca es una mortaja
de pan y vino.
Claudia Ballester Grifo
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