La bandera no es de nadie y es de todos.
La bandera bambolea con vientos fritos y olor a cazuela.
Refleja historias de sangre y guerra,
gritos de multitudes, silencios abatidos en la tierra.
La bandera no es de quien no la quiera.
Algodón pintado de hambre y cautela.
Dolor de aguerridos defendiendo algo que en su corazón aprieta.
Mano en el pecho pulsando orgullo, valentía y defensa.
¿Quién sujeta el horizonte que se aleja?
¿Quién bebe los vientos que ensartan en sus collares cuentos que se convierten en historia?
¿Quién conduce lo escrito en fuego y lágrima?
¿¿Quién??
¿Quién dobla su rodilla y alzando su mirada, vuela?
La bandera es de quien quiera.
No se hace un mal uso, se defiende y firmes se la respeta.
Con celo y con el empeño,
abrazando a la amada,
nuestro amor más apasionado,
la sangre que corre por los ríos de la vida,
el amor que cruje de verdad,
el embrujo
cadencioso del flirteo de la tela
con el cielo.
Muchas son las enamoradas,
pero una la madre y estrella.
Es esa amarilla y gualda incorrupta e imperecedera.
La que lloraron nuestros abuelos,
la que envolvió nuestra esperanza,
la que reunió sentires y levantó un pueblo.
El canto que nos acerca.
No se utiliza mal lo que se venera.
Ondea alto en el Olimpo para que se la vea.
Baila con los dioses,
tela de donaire y bagatela,
solo necesita de nuestra voz
para lucir siempre bella y eterna.
Quien no la quiera que no pretenda que no la quieran.
La maté porque era mía es una política de delincuencia.
Violencia de género a la madre tierra,
a la arena que bebió sangre,
a las manos tendidas,
a las mentes que comprendieron,
al alma herida de muerte
bebiendo el elixir de la vida,
salvando el espíritu libre y complaciente.
Claudia Ballester Grifo.
