Me miro en el espejo de mi historia.
Recorrido desde mi más párvula infancia,
sometida por el capricho de los varones,
niños también que jugaban a ser hombres.
La vara de la maestra vigilante,
ojos saltones aumentados por el vidrio de sus lentes.
Mirada inquisidora a una niña asustada que no entendía la ofensa.
Qué revuelo de mariposas,
qué correrías y ataque de sonrisas maliciosas,
qué preludio de cicatrices que por ser mujer llevamos tatuadas y expuestas.
Ser mujer,
mi mayor orgullo y fiesta,
no cambio mi sexo,
me siento satisfecha, segura y dispuesta.
Me reinvento en cada caída,
dispongo de mochila y maleta,
el bagaje de una existencia
próspera y honesta.
Ser mujer viento y brisa moviendo mareas,
mano sutil que acaricia,
labios que besan;
mirada de luz que ilumina,
faro en el puerto para quien se pierda.
Claudia Ballester Grifo

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