Estallido de calor en el centro mismo del día,
cuando te atora la sensibilidad en el silencio de la mecánica,
solo el zumbido de la naturaleza en su ansia más descarnada,
el vuelo de la rapsoda al confluir una abeja en el néctar de su delicia.
Juega el arco del sol con los ojos de sus nubes,
ríen los vaporosos trajes rizando la brisa que se cuela por el alféizar de su mirar tranquilo.
Varios insectos multicolores se refriegan por las alas de las flores
anhelando el tierno manjar que refuerza su brío.
Ella busca en lo más profundo de un ensueño que la traslada.
La intensa luz acaricia su regazo
cruzando las manos en reposo,
en señal de complacencia a la nada.
Ella se siente acompañada,
incluso abrazada.
Sonríe al día que trae noticias con sabor a verso de enamorada.
El sol la acaricia con ternura encelada,
besa su rostro, disfruta del reflejo de su piel delicada,
la trata con cariño, esmera su tacto dadivoso jugando con su fulgor de estrella hipnotizada.
El sol la sueña en las noches que vela la luna reclamando su hora de reina.
El sol suspira llamas de fuego que bruñen el pelo de la que provoca su deseo de poseerla.
Ella no sabe, ella teje poesía en una celdilla de colmena.
Se siente parte de un todo, inducida por un camino de rosas y azucenas.
Ella le mira,
él la ciega,
ella le da la mano,
él se la lleva.
Claudia Ballester Grifo

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