Ojos desmedidos de luna cuarteada,
a jirones tus luceros,
apagados por lluvia y escarcha.
Traslúcida la lágrima que barrunta fuentes de melenas azuladas,
se desliza por el ébano de tus mejillas,
se la come tu boca de perlas blancas.
Niño abrazado al raquitismo,
balón buscando una portería agujereada,
los alambres de sus piernecitas temblando los gritos de una redada.
La noche se comía su cara
viendo como su padre recibía la fusta y la vara.
Los gritos le cegaban la ira,
su corta edad le bloqueaba,
su padre en el suelo,
se lo comían las capuchas
blancas.
No llores mi negro,
no llores niño de mi alma,
no llores, chiquillo,
que me rompes,
que me matas.
Llorando desaparecen las nubes,
llenas el cielo de luces blancas,
se encienden las velas,
manos negras, manos blancas.
Claudia Ballester Grifo

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