lunes, 24 de febrero de 2020

MARIA ÁNGELES.
He volado de un cubículo
arrastrando mi estela
cargada de impresiones y
experiencias.
Me he despedido de una
cama que nunca acomodó
mi pena.
He pintado de rojo mi sonrisa
y he salido por la puerta.

He dejado parte de mi sentir
en la cama de la ventana,
la que se llevaba la luz
en horas de siesta.
La que languidecía por susurro
de miradas de arrope
y de sémola de garrofa
con un poco de leche
condensada,
alegría de hijos en sus horas
descompuestas.

He acariciado su cara,
le he besado palabras tiernas,
he mantenido su mirada
afianzándola en la paz
y en la complaciencia.
Mi alma rozó la suya
y sus gracias llenaron las mías
de amor y conciencia.

Le he prometido recuerdo
y bordada la llevo en el corazón,
tatuada en el tiempo.
Ese rostro asustado del
que sabe que se va sin retorno.
Esa madre buena y valiente
compañera de cuarto,
en esa habitación 328.
Claudia Ballester Grifo

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