Desde Oriente la diosa Fortuna envió una niña a unos padres ansiosos de abrazar su amor.
Con su aire vivificante formó una nube de firme algodón. Con su mirada divina colmó al bebé de fuerza y decisión.
Emprendió la partida la criatura, perdida en el azul. La nube dirigía su rumbo, sola, pequeñita, amazona de la luz.
Trepidante aventura para un ser de su condición. El cielo se convirtió en su amigo, el aire en medio de expansión.
Balbuceaba sus melodías regalando el oído del Creador. Viendo Dios que era buena le concedió su bendición. Desafiando los peligros la niña conocería el calor.
La bóveda del cielo se transformó. Las brumas ciñeron la tierra. El color plomizo se adueñó de la situación.
Lloraba la niña, el hambre atenazaba su razón. Las nubes compañeras, plañeron su dolor.
Lloraba el cielo, besando sus lagrimas la tierra sedienta, ensalzando el verdor.
Colmaba el agua los labios secos de la niña. Una cigüeña la alimentó. No hubo rayo alguno que osara rozar su candor.
Los fenómenos atmosféricos desencadenaron su fuerza. La energía creó un arco protector. El bebé seguía su rumbo, arrullado su sueño, ajena al miedo, infatigable en su decisión.
Mecido su lecho por dos querubines, la niña despertó. Cruzaba los mares, sonreía de satisfacción. Vuela inocencia, acelera tu corazón. Observa el mundo. Abre los ojos a la emoción.
La cigüeña a dirigir sus pasos volvió. Empujando suavemente la nube en una ventana la depositó.
Uno de los querubines la envolvió, llevándola en volandas a una cuna preparada con devoción.
Vuela Lidia hacía los brazos del amor. Acercándose la madre la acarició. Conmocionado el padre las estrechó. Por fin la hija llegó.
Eres nuestra hija ansiada, nuestro tesoro, el amor. Ojitos expectantes, manitas de candor. Luz en el pelo, resplandor. La sonrisa de nuestra vida... Hija mía, nuestro corazón.
Viendo el mundo una obra bien hecha a la niña preguntó:
¿A quién te pareces niña?
Lidia, bajando su mirada, respondió:
_Al hálito de vida que la diosa Fortuna me dio.
El mohín de la niña se mostró enternecedor. Una señora vacilante, acercándose la interrogó:
¿A quién te gustaría parecerte niña?
_A mi madre señora, la que me cuidó.
Fue ahora, justo en este momento cuando el padre lloró, embargado por la emoción.
Claudia Ballester Grifo
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