lunes, 12 de agosto de 2019
A mi padre
Dicen que no sé reaccionar.
Perecí ante tus encantos.
Me absorbió tu bravura,
tal vez te admiré demasiado.
Sabiendo lo que hacías por mí fui permisiva.
Sufría en silencio, pero tolerante.
Te di libertad porque la necesitabas.
Te dejé hacer porque no
sabes vivir de otra manera.
Tal vez yo fuera la elegida,
para enseñarte a vivir de nuevo,
para reciclar tu vida.
Pero papá... yo soy como tú,
con tu mismo nervio.
Te comprendo como a mi misma y,
por encima de todo te admiro.
Vivir así o morir.
Papá te apoyo, sufriré en silencio.
Es un sueño la vida que vivo.
Dulce sueño plateado.
Hay que virar y buscar nuevos rumbos,
cambiar hasta dar con el acierto.
¿No es la felicidad del que siente la vida en pleno?
¿Por qué despertar?
¿Por qué buscar crudezas cuándo
tan lejos las sentimos de nosotros?
¿Quién nos va a despertar de este dulce sueño?
¿Quién va a ser el verdugo que nos quite
las vivencias que llevamos dentro?
Yo no, papá.
Fueron tus ojos los que me cautivaron.
Tu mirada zalamera,
dulzona como la miel.
Tu sonrisa dedicada,
tu ternura,
tus canciones del ayer.
Fueron tus besos, tu zarandeo
al despertarme por la mañana.
Fue tu ternura,
tu dulzura,
tu protección.
Es tu vocación de padre,
la prolongación que hay de mí.
Parte de ti mismo
que llevaré siempre.
Manos callosas de trabajador nervioso.
Firmes y fuertes de padre querido.
Uñas cortas,
blancas como la luna.
Manos acariciadoras, ternura, cariño.
Protección de aquella niña,
que ahora siendo mujer quiere volver al ayer.
Fui feliz papá.
Claudia Ballester Grifo
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