ATAQUES DE EPILEPSIA.
Cogiste a tu hija en brazos. Amaste la vida.
Eras hijo único y bendecidas el nuevo día.
Ese amanecer querido, ese tesoro, tu niña querida.
Una terrible caída,
desde su acogedora cuna,
llenó de llantos el templo seguro.
Abrazada y silenciado el dolor,
el hospital rubricó su mejoría.
Nada se sospechaba
de la tragedia de aquel día.
No había cumplido
los dos años y respirar no podía.
En el regazo de su madre,
tú al volante, rugia el coche,
paró la respiración de la niña.
Frenando de golpe,
cogiste a tu hija,
prácticaste reanimación,
devolviéndola a la vida.
La sirena de la ambulancia,
avisaba de la urgencia,
el hospital acogió
las convulsiones de aquel día.
Ahora ya es madre
la que fuera hija.
Acabó una carrera a pesar
de la atípica y terrible epilepsia.
Madre soltera,
pero feliz en la vida.
Tú, padre amante
y comprensivo acogiste
a ambos a pesar
de no tener hembra,
compañera de fatigas.
Epilepsia de horas
y días.
Al lado de las convulsiones,
cogido de la mano
ya de la chica.
Hablando en su corazón,
padre doliente y dedicado.
Sea esta loa para
los dos.
Padre amoroso,
hija valiente.
Claudia Ballester Grifo
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