DESTRUCCIÓN.
El oro no se come. Se destruye la religión para que aparezcan nuevos dioses. El primero entre todos los paganos, el dinero.
Llora la vida, asfixiada por la muerte. Acalla su canto el filo rastrero que partió su yugular.
Se desmembran los troncos, retorcidos por el beso de las llamas. Las lenguas lascivas les envuelven en su danza de muerte y destrucción. Seductoras en su lumbre, oscuras de humo cegadas. Asfixiantes y retorcidas, furia del fuego sin perdón.
Secan la savia de los verdes, calcinan el frescor de sus hojas, acallan su susurro angelical por el látigo del verdugo que ataca.
Frente que se abre traicionero. Por el rescoldo de un olvido o de la mano de un criminal manifiesto. Varios frentes preparados para hacer imposible la marcha atrás del agónico desconcierto del inocente.
Cuchillo de fuego, tridente. Se pinchan con ahínco los flancos, se convierte el oxígeno en anhídrido carbónico. Se deshinchan los pulmones del mundo. Perecen las criaturas del verde, las que siempre tuvieron su cobijo.
Lloran las madres que han perdido a sus hijos, mientras notan el calor del fuego que les corta el camino. Lloran su desaliento los hijos perdidos del abrazo seguro. Huelen el miedo y el terror atenaza sus bríos. El humo los asfixia y quedan dormidos para que el lametón del fuego los pille sin sentido.
Llora mi corazón enternecido y resentido. Cuando el monte se quema el hollín se asienta en el alma del bien nacido. Qué nuestras lágrimas saladas sean la vida y el remedio para que no desaparezca este tesoro del mundo, patrimonio de la humanidad, la vida entera.
Claudia Ballester Grifo.
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