miércoles, 28 de agosto de 2019

Desde mi terraza.

DESDE MI TERRAZA.
El pulso de la mañana abre los sentidos adormecidos. Se despereza el cansancio hecho un ovillo y se estiran las ganas y el espíritu decidido.
El fresco se desliza silencioso, arrastrándose por el camino, sin levantar polvo, sin hacer ruido, ensanchando  nuestros pulmones de un aire agradecido.
Las hamacas de la terraza, acariciadas por un tímido sol renacido, sonríen al contacto de un cuerpo tibio. Y es que paso de la cama a la hamaca con la celeridad de un suspiro. Etérea en halo azul, sin hacer ruido, que la mañana aún duerme y sólo se escuchan los trinos.
Los pajarillos agradecen al día respetar sus nidos. Tras dos días de feroz tormenta siguen alimentando a sus hijos. Los poyuelos ya pian, el miedo ha desaparecido. Reina la calma y los insectos abandonan su escondrijo.
Algarabía de color y de sonido. En crescendo avanza la mañana, sigue el pueblo dormido.
El balso del mar está azul y apenas rizan sus ondas. Casi mudo lame la orilla, desgrana la arena y la besa. Pinta un marco de ilusión con su canto de sirenas que juegan buñendo sus melenas al sol, enviando esos destellos de cristal que nos ciegan.
Palmeras enhiestas, del jardín las más estiradas, de sombra diáfana filtrando los rayos caprichosos que cosquillean en nuestra espalda.
Acacías suaves y frondosas, de hoja pequeña y aterciopelada mirada, cogidas de la mano de moreras más altas. Sobre un césped suave se mecen sus ramas. Rodean el marco de una piscina lesionada. El temporal ha maltratado sus aguas. Está malita, le curan el alma. Toma medicinas y rasparán   la inmundicia pegada. Volverá a lucir azul y esmerilada. Acogerá de nuevo las risas de los niños, volverá a ser el precioso tesoro, en medio del jardín, desde mi terraza.
Claudia Ballester Grifo

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