CLAUDIA. MI NIÑA.
El sol se levanta majestuoso en la bóveda diáfana del cielo. Proclama el mediodía en un fulgor bravo, intenso. Dirige su mirada al volcán que conforma la isla. Montaña alzada del mar por caprichos de la vida. Le rinde pleitesia, a ese volcán único bañado por el agua salada, besado por las olas, delimitado por arenisca.
Un estruendo rompe el mutismo de la escena. Se destempla la tranquilidad, se espesa el ambiente de un humo denso y ardiente. En la boca del volcán late un pulso de fuego. La lava embravecida se abre camino sembrando una alfombra, buscando el frescor del agua, ardiendo en su regazo, convirtiendo el marco de una bruma encantada.
Llora una niña en un cuenco de algas. Protegida milagrosamente entre las fuerzas de tierra, agua y cielo, protegida por las hadas.
De dónde vienes niña con esos ojos intensos de azabache?
De dónde sales con esas almendras rasgando tu mirada?
La niña balbucea música extraña. Sonríe a la vida, alza sus manitas aterciopeladas, frunce el cejo al sol e ilumina la escena con sonrisa franca. Se refuerza el dia con la luz de su cara, ilumina su sonrisa, imposible imitarla.
Pelo de golfillo, negro y bruñido de gitana. Curtido en minas, cortijo de niña asiática. Ha parido la tierra algo que una pareja aguarda. Ha nacido el tesoro de unos padres expectantes de abrazarla. Una hermana la espera con seis años de tardanza... Ven mi niña ven vuela y atraviesa la ventana. Te espera una cuna de flores, ilusión y esperanza.
Alza el mar el cuenco, lo abraza la brisa alada, lo acuna y duerme el sosiego de la niña, la transporta segura a través de la distancia, sin miedo, con tesón y valentia.
Aletean las avecillas, arropando con sus trinos y alegorías, rociando con su fresco el alma de la criatura.
Ven hija, ven hermana, hija nuestra, hija mía. Tu nombre es Claudia y eres bendecida. Descansa en tu cuna mientras la leche resbala por tus mejillas. Rebosa tu boca, alimenta tus energías. Ante la atónita mirada de los padres que te cuidan, miras sabiendo que encontraste la puerta que querías.
Miras, observando con esas pupilas maduras. Hablas con tu mirada de alma vieja. Hija mía, Claudia querida, estás cansada, pero agradecida. El viaje ha sido largo, pero tu mirada incide con la de Lidia y en ese choque de hermanas comprendes que estás en casa, con tus padres, mi niña querida.
Claudia Ballester Grifo.


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