LA BONDAD.
La bondad es hija del amor. Esa niña pequeñita que va creciendo hasta convertirse en una preciosa mujer.
En ese recorrido la bondad pasa por una metamorfosis. La pequeña, por el sendero de la vida, va tomando conciencia de lo que observan sus ojos y atesora su corazón. El cerebro, gran esponja natural, va absorbiendo y computando todos los pequeños detalles.
Los ojos de la bondad brillan en arco iris. Transforman la luz en notas musicales que nos atemperan y equilibran.
Sus blancas manos acarician el llanto y la desesperanza, transportando el dolor a parajes de descanso.
Es su aliento fresa temprana y habla por su boca tarta de manzana.
La bondad se hace acompañar de amigos con los que construye mundos de esperanza, alegría y bonanza.
Preciosa, grácil, etérea, simpática. Atrayente como imán que acerca y retrasa la marcha.
No necesita de brillos ni perifollos porque es luz que destaca. Sobrevive a la incertidumbre, amiga de sus amigos y de los demás.
Claudia Ballester Grifo.

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