NO SUFRAS.
Bélinda era una niña pizpireta y graciosa. Una más en la emergente economía de los 70. Una enfermedad desconocida le hacia mearse en las zapatillas, medio dormida, por la noche.
Meona la llamaban en el cole. A temprana edad le tocó aprender a inyectarse la hormona que su cuerpo le negaba, la insulina. Aprendió a desenvolverse entre camas de hospital, urgencias, pruebas varias y ninguna inocente. Agujas, sangre, pus y cirugías. Belinda jugaba con sus muñecas y soñaba con ser médico. Las cuidaba y protegía y les susurraba ternuras que aliviaban su soledad.
Atípica, diferente, estigmatizada por una enfermedad que iba a redibujar su cuerpo. Aprendió, luchó y nunca jamás se preguntó por qué a ella. Se reinventó cuantas veces hizo falta y desarrolló un amor infinito a la gente. Ese amor que la hacia sentirse acompañada, que la arropó en sus veladas de agonía, en su dolor constante.
Belinda era una niña que creció lo que le permitió su diabetes. Fue interiorizando los disgustos, suturando heridas, coagulando hemorragias... Se formó y se mostró competitiva en un mundo de iguales. Maduró y formó una familia y ahora, con una mano en su silla de ruedas y en la otra cuidando de su gente dice a todo el que sufra que sí se puede.
Se puede crecer en un mundo interior que se abre como una flor a la mañana.
Se puede sonreír iluminando la mirada porque conocemos nuestro interior y disponemos de alma para regalarla.
Se puede ofrecer porque estamos curtidos en mil batallas. Porque no temenos al miedo, porque besamos la muerte y Le devolvemos su guadaña.
Por qué a mi? Y yo digo, por qué no? Si somos química, cuerpo, arena, polvo en la nada. Pongamos empeño en el vestigio que quede de nosotros. Soñemos que cuando Morfeo nos alcance dormiremos en sábanas delicadas. Oleremos a rosas, no habrá dolor, nunca más, Belinda ya descansa.
Claudia Ballester Grifo
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