Cuando el cuerpo se convierte en prisión del alma. En verdugo porque el dolor atenaza los sentidos y embota la mente. El cansancio se apodera de nuestro ser y crujen los huesos con ese frío que parcializa el movimiento.
Cuando las articulaciones se calcifican y cristaliza el exceso de mineral donde más nos duele... Qué bonito es pensar que surgimos rompiendo la crisálida y nos convertimos en bellas mariposas de colores más intensos en cuanto el sufrimiento ha gritado más fuerte.
Extendemos nuestras alas y nos elevamos. Somos luz, canción, marea y viento.
Claudia Ballester Grifo

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