jueves, 19 de septiembre de 2019

carta a mi padre

“Papá, padre mío, padre nuestro. Sé que mi mente está totalmente abierta a ti, ya no tiene secretos. Aun así, deja que verbalice mis pensamientos, ya que el desconsuelo de la familia que no puede abrazar tu cuerpo, necesita liberar sus emociones humanas.
Tú, descansas papá, de eso no me cabe la menor duda. Tu alma se ha elevado alto, libre y ligera, liberándose de un cuerpo esclavo. Te has reunido con tus padres, tus dos hijos y tus hermanos. Disfrutas de los seres amados que llevabas tanto tiempo sin ver. Sin ataduras, sin limitación alguna. Has alcanzado la felicidad plena al lado del Padre. De eso papá, no me queda la menor duda. Pero, papá que solos nos hemos quedado. Qué vacío tan tremendo para todos los que te queremos. Todo giraba en torno a ti, nos necesitabas tanto… que ahora nos cuesta aceptar esta libertad a la que nos vemos forzados.
Fuiste un hombre muy amado y un padre muy querido, tu jovialidad y optimismo nos inundaba de ilusiones nuevas. Llenabas la casa, por completo, sólo con tu presencia.
Formaste una familia unida, sólida en principios y llena de buenas voluntades. Nos diste un patrón para seguir y todos, sin excepción, copiábamos tu dictado.
Disfrutábamos de tu alegría innata, de tu optimismo, tu fuerza, tu voluntad de lucha y trabajo… fuiste leal y espontáneo. Emocional y apasionado. Celoso de tu familia, protector y mimoso. Yo, te definiría como un huracán que lo arrastraba todo a su paso. Alejabas lo malo para que surgiera el verdor y el buen olor sano.
Alguien tuvo mucho que ver en todo esto. Tu media naranja, el otro corazón que palpitaba con el tuyo, al ladito de tu pecho. Mamá inspiraba tu lado bueno. Supo ser tu compañera y sacar de ti lo que tanto admirábamos todos. Ella, a tu lado permitió que te hicieras grande y volaras lejos, esa misma mujer que ahora sufre la separación obligada con resignación, pero desconsuelo. Ayúdala, papá a ver la luz. Ahora eres tú el que puede hacerlo.
Exhalaste el último suspiro sin saberlo. Te fuiste de nuestros brazos tranquilo y sereno. No te percataste de que el alma abandonaba el cuerpo. Por eso papá, creo que nos has llenado de una paz y un amor inmenso. Siento mucho cariño dentro de mi cuerpo. Una especie de resignación mezcla de paz y a la vez de consuelo. Me llega un amor inmenso. Ganas de abrazar y besar al mundo entero. Siento gratitud porque la gente nos ha acompañado en el desconsuelo. El pueblo te quiere, papá y acompañó tu cuerpo. La Iglesia estaba llena y tú, estoy segura, sonreías desde el cielo.
Gracias, gracias a todos. Mi gratitud en especial a los contertulios de los martes, tus amigos sinceros. Se acostumbraron a la enfermedad y vencieron sus miedos. Se acercaron a ti y tú los recibías y los esperabas con los brazos abiertos. Os decíais que os queríais y ahora que los has dejado espero que sientan también la paz que a tu familia has dado. La gratitud de toda la familia para los amigos de mi padre que en nuestro corazón han arraigado.
Ole, ole y ole, papá… asumiste la enfermedad y tú, toro cerril, te volviste cordero mimoso. Ha sido un placer ser tu hija y mimarte cuando has querido ser mimado. Papá, te mereces que sonriamos, que seamos fuertes, es lo que nos has enseñado. Nuestro corazón ahora quebrado, quien sabe, tal vez no cicatrice, pero, empiezo a creer que también se vive con un corazón señalado. Al fin y al cabo, ese corazón está por ti abrazado. 
        Te queremos, papá.”
Claudia Ballester Grifo

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