EL ADIÓS.
Cruje la madera del bajel a lomos del mar picado.
Salta la sal del agua,
engarzando un rosario de piedras.
Las velas henchidas,
a medio recoger a toda prisa.
Huele a distancia, moho,
el rancio del miedo por
desertar de un amor huido.
En la playa, con el torso encogido
por la angustia, llora la preñez,
abandonada por la cruel cobardía.
Protegiendo con manos
finas el abultado calor
del amor, salta el vientre
con latidos punzantes,
dando patadas de vida,
sintiendo la joven madre
la esperanza de una nueva pasión.
En la distancia el rugir del océano,
lleva cantos de murmullos
que entiende muy bien
el alma del cobijado.
La distancia se encoge con flores,
blancas campanas, margaritas
de colores.
Nacerá el niño esperando
al padre.
La madre acunará sus días,
bendecirá sus noches.
Cuidará del niño para que
siendo mayor no abandone.
No se repetirá la historia,
la madre responde.
Claudia Ballester Grifo

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