La noche se cierne sobre las lágrimas de las llamas,
el metal llagando las carnes que atacan.
Desde el infierno la fuerza de las tinieblas labora un escapulario de plata.
Sobre los turcos se cierne El empalador defendiendo su casa.
Unos lagos azules le dan el manantial de sus aguas,
la cordillera de una trenza bruñida de sol adornada,
la blanca piel de una garganta
palpitante al vampiro que la ama.
De bruces al crucifijo del Santísimo:
- Concédeme fuerza, Señor, tu hijo te ama.
Las filas de los cascos se abren camino,
bates alados surcando las tinieblas de un maleficio.
Nubes de colmillos dibujando mazas, pegando martillos.
Un grito en la muralla, un último suspiro,
cae el sol sin que su amor alcance a rozar la seda de su vestido.
Se ofrenda la madre, su sangre para que viva el hijo,
lágrimas de duelo el que siendo su marido entrega su servicio al Satán de su destino.
Reverenciando a su amor emprende su camino,
nace Drácula por los siglos de los siglos.
Claudia Ballester Grifo

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