Te llevé de mi mano, era nuestra costumbre,
invitación a la noche, a sentirte.
Me alzaste en tus brazos para acunarme,
para perderme en esos lagos de fuego intenso,
en esa mirada de universo,
en esa calma de disponer del tiempo.
Me tendiste en el tálamo de nuestros sueños
apartando un díscolo rizo de mis ganas de quererte.
Mi mirada en la tuya moviendo un mundo,
una lira de rosas desgarrando de melodías nuestras manos calladas,
nuestra caricia de apagados gemidos invitando a la luna con su tul de maga discreta.
Hicimos el amor con la sencillez de tu piel pegada a la mía
dejando el tiempo encerrado en su baúl de arena,
volando con la libertad de nuestras manos enlazadas,
gaviotas blancas expandiendo alas,
ahuecando las plumas del deslizar de tu suave tacto.
Tocamos con los dedos el hermoso azul de nuestro placer
para sellar una rutilante felicidad en cada poro de nuestra piel.
Gemido escapado de la estrella más lejana que nos brinda su intimidad de luz aterciopelada.
Recuperando el aliento,
tu respiración encontrando la mía.
Mi boca, amado
flor de la tuya, abriendo sus pétalos
para beber de la última convulsión sentida.
En mi regazo una rosa latiendo,
ese amor tan nuestro,
tan sagrado.
Claudia Ballester Grifo

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