sábado, 9 de noviembre de 2019

UN TROPIEZO.
Margarida entraba en la casa con sus cascabeles diarios y su alegría de menor madura.
Hola, mamá! Y no hubo respuesta.
La niña se dio de bruces con el cuerpo de su madre en el comedor.
Tirando la mochila al suelo, en cuclillas sobre el cuerpo, le tomó el pulso del cuello mientras gritaba con inmenso dolor.
Cérea, rígida y fría, sin aliento que diera esperanzas, muerta en el suelo para la  niña.
La imperiosa necesidad hizo que Margarida avisara a su abuela. Inmediatamente empezó las nociones de recuperación que conocía.
Ella sola, sudando tinta negra, 15 respiraciones boca a boca, 20 impulsos cardíacos a nivel del esternón. Más o menos, eso creía ella.
La madre logró abrir los ojos y el pulso recuperó. Abnegada en lágrimas la hija su cabeza descansó en las manos amadas que la cobijó.
Dos en una, la madre resucitó ante el calor de la bien amada que no se rindió.
Una ambulancia sonaba en la calle que en la finca vecina paró. Llamaron al timbre, la abuela, del susto murió.
Claudia Ballester Grifo

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