domingo, 24 de noviembre de 2019

AGUJEROS DEL TIEMPO.

La claridad del dia besa mis párpados despertando mis sentidos de fina gasa.
El bostezo de la mañana encamina mis pasos vacilantes hacia el café con leche que me rescata del ayuno de la noche.
Una noche movida.  Hablaba en ruso y sentía el frío de la Sibéria. Me rondaban ojos claros en la oscuridad cerrada y me veía sola y desamparada. Aceleraba mis pasos sin saber a dónde ir. No entendía. No lograba recordar dónde estaba mi casa.
El frío laceraba mi piel y hurgaba en cada orificio de mi cuerpo pugnando su entrada sin llamada. Envuelto mi pijama en una bata encarnada, mis pies silenciaban sus pasos con zapatillas destalonadas.
Dormía con mi marido, en mi casa, protegida y caliente oyendo el silencio rasgado del respirar de mis hijas. Recordaba lo cansada que me acosté, apretada contra el cuerpo caliente del compañero de cama. De pronto, el frío, la calle y una vida que me ha caído como un mazazo y que no quiero para nada.
Alguien me llama y Le entiendo perfectamente. Me mira con autosuficiencia y crueldad. Mi mente recorre las posibilidades con la rapidez de una idea. Intento localizarme, buscar referencias.
Acerca su enorme cuerpo al mio. Un aliento metálico roza mi garganta y la angustia del miedo me paraliza. Tiempos de Gulag. Empiezo a descubrir,en la oscuridad y el hielo, las pequeñas construcciones que encerraban a los condenados políticos a trabajos forzados. Pobres almas que arrastraban en su pena a toda la familia, incluyendo ancianos y niños.
Congelada, aterida, no entiendo nada. El cuerpo del policia cae encima de mi mientras un hilo de voz me sugiere que escape con ellos.
Estoy viviendo una escapada del Gulag. Dos familias arrastrando a cuatro niños en edades comprendidas entre tres a seis años. Van preparados y me pasan unas botas y un abrigo. Echamos a correr dejando al policía inconsciente.
Ha nevado recientemente y la nieve aun se siente blanda lo que relentiza la marcha.
Escucho ladridos de perros, se acercan luces... me despierta la caricia de un rayo de sol a través de mi ventana.
Claudia Ballester Grifo

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