LA NORIA DEL ALMA.
Carlota jugaba en el patio de su casa en Benicàssim. Su grácil figurilla de 6 años se confundía con las figuras de hadas y duendes que acotaban el recinto del jardín.
Vivía con sus abuelos maternos ya que sus padres sufrieron un accidente yendo los tres en el coche. Solo se salvó ella que iba en su sillita en la parte de atrás.
Matilde llamó a la niña para que se lavara las manos para comer. Su nieta le recordaba mucho a su hija. Los mismos rizos tornasolados, rubia con el dorado del sol. El aguamarina de sus ojos convertía su mirada en un lago cristalino donde podías nadar hasta perderte. Con el delantal se enjugó la lágrima que, incauta, resbalaba por la mejilla perdida en sus recuerdos. Carlota adoraba a su abuela, pero Mario era su debilidad. El abuelo la esperaba sentado en su silla de ruedas. Un ictus le había robado la autonomía de su cuerpo. Matilde se ocupaba de los dos y no pasaban apuros económicos porque tanto abuelo como nieta cobraban una buena pensión.
La niña disfrutaba de sus espaguetis a la carbonara. A la abuela le salían genial. Le gustaba dar de comer a su abuelo mientras lo hacía ella.
Matilde oyó el timbre de la puerta. Era de noche y se precipitó a la escalera. Un presentimiento le secaba la garganta. Al abrir se encontró con dos uniformes de policía y entre ellos su nieta de tres años. La hicieron sentar para contarle la historia.
Un coche que llevaba la dirección equivocada se estrelló sobre el de la familia a más de 120 km/h. Los tres saltaron con el coche dando vueltas y cayeron sobre un terraplén rompiendo el guardamiedos de seguridad. Los padres murieron en el acto y encontraron a la niña andando por el arcén de la carretera. Iba descalza y con la ropa estrajada. Sabían la dirección por la identificación de los padres. La niña no hablaba.
El abuelo dormía profundamente. Se había acostado con una tremenda jaqueca y el calmante que le había dado su mujer le dejó cao. A los pies de la cama una imagen amada le hablaba en susurros sin apenas despegar los labios. Le pedía que cuidara de su niña,de la que no se había podido despedir. Se sentía confundida y atrapada por una luz que la mantenia alejada de todo lo que sentía como suyo. No quería ir a la luz. Su marido se acercó para reclamarla. Llevaba el volante clavado en el pecho y le faltaba media cara. Irían los dos cogidos de la mano.
Una sombra entró por la boca medio abierta del anciano mientras los espectros se alejaban. Agitó su cuerpo como si le atenazara una fuerte convulsión. Unos ojos rojos iluminaron la estancía. Y tal como se abrieron se cerraron como si no hubiera pasado nada. Para el médico el ictus estuvo claro.
Carlota le contaba un cuento a Mario. Matilde lo acostaba temprano y la niña disfrutaba de ese rato de intimidad mientras su abuela recogía la cocina.
Iba a 120km/h. La carretera era suya. Quería matar y morir sintiendo la victoría. La necesidad de sangre corría por sus venas. Era un muerto en vida, un vampiro. Lustros de polvo arrastrando ese cuerpo sarmientoso y espigado como una palmera. En el fuego de la explosión acabaría todo.
Pero, no. No hubo explosión. Sí un golpe fatal. El abuelo sonrió y con su mano derecha le pidió a su nieta que se acercara. La niña posó su cabecita sobre su pecho y Mario posó sus labios sobre su blanco y tierno cuello. Un chupito, un pequeño sorbo, no pretendía matarla.
Claudia Ballester Grifo

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